Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras. Otros por el contrario piensan que una imagen puede esconder mucho más de lo que muestra.
Ni unos ni otros tienen razón porque ni todas las palabras del mundo ni todas las imágenes que conservo de este día expresarían del todo lo bello que para mí ha sido.
Y es que hasta hoy el destino había sido esquivo con nosotros y parecía querer jugar al escondite a la hora de decir el momento en el que poder encontrarnos:
¿Marzo? No, marzo no podía ser, en parte parecía demasiado temprano y además teníamos nuestras cosas que hacer. Así que acordamos vernos en abril cuando el calendario nos daba un respiro. Pero el destino fue cruel y desde entonces quiso impedirnos las mejores oportunidades: ni abril a las puertas de esa soñada estación cerca del mar; luego tampoco mayo al olor de las flores junto a esa mezquita a orillas del Guadalquivir. Tampoco junio porque nos lo impedían nuestros estudios. Así se pasó el destino jugando como un péndulo de Málaga a Córdoba, de Córdoba a Málaga, sin decidir en el mapa un punto donde encontrarnos ni en el calendario una fecha… hasta hoy.
Y es que quiso el destino que algo más que yo te uniera a mi tierra y nos diera la excusa perfecta para traerte hasta aquí. Ya se dice que Palma, Palma es lugar de encuentros, donde Córdoba da la mano a Sevilla y donde el pequeño Genil abraza al Guadalquivir. Y ahora sería el lugar donde Alonso por fin se encontraría con su Dulcinea.
El día que recibí la noticia de que serias tú quien vendría a verme fue un día feliz, aunque desde entonces comenzaron a aflorar mis nervios, esos típicos nervios cuando vas a ver por primera vez a alguien importante: ¿qué me pongo?, ¿cómo la recibo?, ¿dónde llevarla?, ¿le gustará la visita?, ¿la aburriré?, …
La tarde de antes, ya hablando contigo, tenía algunas cosas pensadas, y luego esa noche, esa noche no sé cómo pude conciliar el sueño con mis nervios y la emoción que me suponía saber que en unas horas estaría junto a ti…
Y al fin llegó el día.
Desperté algo antes de lo que me propuse, ni siquiera me hizo falta el despertador. Desayuné, me duché y me vestí y esperé tu aviso de llegada.
Cuando lo recibí salí a tu encuentro y ya a lo lejos de la calle cuando ya podía verte mi corazón comenzó a palpitar, acelerándose más en el momento en que desde la distancia te escuché pronunciar mi nombre. Así hasta que ya te tuve delante y te pude ver: tan maravillosa como siempre, como un ángel que desde el cielo había bajado a sacarme de este infierno en el que un día me encerraron y donde tanto me llamaron demonio que me quisieron convertir en un príncipe del mal, príncipe que ante ti solo era un plebeyo dispuesto a servir a su princesa. Llegó el momento de abrazarnos, al fin solos tú y yo (bueno, y tu prima aunque eso es lo de menos) esta vez sin ventana de por medio, y en ese instante hubiera deseado detener todos los relojes, parar el mundo a nuestros pies y hacer la eternidad,… deseos imposibles de un loco al fin y al cabo…
Pero tocaba recuperar la cordura y ejercer de buen anfitrión. Así que por la mañana te llevé a pasear por mis calles, conocer mi pueblo, ver los lugares donde crecí y vivo al fin y al cabo.
Tras la pausa para almorzar nos reencontramos pero ahora nos fuimos a un parque donde jugamos y sonreímos como volviendo a ser niños; y mientras tú a cosquillas fuiste acabando con mis fantasmas del pasado convirtiéndolos en sonrisas.
Quedaba ya poco para la despedida y al calor de una copa apuramos estos últimos instantes. Hubiera deseado que este día hubiera durado más de 24 horas y haberte podido decir algo más, pero era inevitable que llegara el momento de dejarnos. Nos dimos unos últimos abrazos y recibí de ti un último regalo sin tú saber que el mayor de los regalos ya me lo habías hecho con tu presencia.
Luego nos despedimos, yo aguantando como pude la entereza porque siempre me dices que no te gusta verme llorar, aunque lo de hoy eran de esas lágrimas de contrariedad: tristeza porque te veía marchar de mi lado pero la mayor de las alegrías por haber podido compartir estos momentos juntos. Lágrimas que terminaron de surgir en la soledad de un banco mientras acariciaba la que desde hoy es mi posesión más preciada y terminando el día en el que por primera vez desde hace mucho tiempo he podido ser feliz.
Un día que puedes tener por seguro que su recuerdo quedará marcado en rojo en el calendario de mi corazón.
Gracias.
PD: Algún día te devolveré la visita
Escrito el 23 de julio de 2011

No hay comentarios:
Publicar un comentario