domingo, 4 de noviembre de 2012

El Príncipe de la Dulce Pena (I)


Querida Dulcinea.

Como sé que pronto será tu cumpleaños, y puesto que este año no me puedo permitir ir a verte en estas fechas para estar contigo y poder entregarte un regalo en mano, he pensado en regalarte otra vez algo salido de mi mente y de mi corazón, pero como ya te he regalado música, poesía y alguna que otra declaración de mi amor, he pensado regalarte algo nuevo, y he decidido escribirte un cuento que iré subiendo a nuestra ventana en varias partes hasta que llegue el día de tu cumpleaños.

Sé que estará lleno de anacronismos y errores, que quizás por ahora parezca un poco egoista lo del protagonista masculino y que sea tal vez algo infantil, pero ojalá te pueda gustar.

Con amor, Alonso

 
El Príncipe de la Dulce Pena:

Hubo una vez, en algún tiempo pasado de nuestra remota historia y en algún perdido lugar de Córdoba, un reino cuyo nombre prefiero olvidar.
Las gentes de este reino vivían en paz y armonía bajo el gobierno de sus reyes que ejercían un poder de forma noble y equitativa hacían de este reino un lugar próspero… Hasta que todo cambió un día.
Resultaba que los reyes carecían de un descendiente, un heredero a quien legar todo al morir y a quien enseñar las virtudes del buen gobierno, alguien digno del lugar y de sus gentes, pero la reina jamás recibía la gracia de quedarse encinta.
Los años pasaban, la desesperanza alcanzaba el corazón de la reina hasta que de repente un día, alguien venido de lejanas tierras escribió sobre la tierra una profecía para después desaparecer:

“He aquí que de nobles y justos reyes nacerá un varón. La noticia llenará de gozo los corazones de su pueblo, mas todo será ilusión, porque el príncipe nacerá marcado por la desdicha y la tristeza, su vida será breve y estará marcada por la tragedia, y morirá joven arrastrando consigo una maldición que perdurará por los siglos y llenará de rencor a un pueblo que preferirá rendirse ante el tirano antes que seguir sufriendo”.

Nadie en el lugar dio más crédito a este mensaje de alguien venido de la nada y pronto se olvidó. Mas pasados los meses, el reino celebró con alegría el anuncio de una buena nueva: la reina daría luz a un heredero. Cumplido el tiempo de parto vino al mundo un varón aparentemente sano al que se dio por nombre Alonso. Sin embargo, y como dijo un adivino del reino, su fecha de nacimiento ya presagiaba lo peor: sábado, 11 de marzo. Era un nacido bajo el signo de Saturno. Era de los marcados por la melancolía y la locura.

Y pronto llegarían los problemas: el recién nacido príncipe pronto comenzó a llorar sin parar, pero algo distinto había en su llanto… Sus padres se dieron cuenta de que no respondían a ninguna necesidad normal en un bebé y creció la preocupación en sus corazones. Los días pasaban, las noches eran interminables surcada la oscuridad por el llanto del pequeño príncipe, los meses de la primavera terminaron y los médicos del reino nada pudieron hacer para cesar ese sufrimiento ni sabía a qué se debía, hasta que los reyes tomaron una drástica decisión: saquear las reservas de oro y grano del reino, exigir los diezmos a los campesinos a los que hasta entonces habían renunciado, y todo para pagar a los mejores médicos y curanderos del mundo.
Tal fue el impacto de este hecho, que el reino pronto se vio sumido en la pobreza y el caos, la gente comenzó a odiar a sus reyes y sobre todo al príncipe, llegando hasta el punto de que se difundió entre el pueblo un despectivo y malintencionado apodo: lo llamaron el Príncipe de la Pena, porque según ellos, “solo lloraba por ver el lamentable estado en que ha sumido su reino”.
Cientos, miles de curanderos y afamados doctores llegaron de todo el orbe atraídos por el dinero del rey, y todos intentaron sin éxito curar al bebé. Hasta el día de su primer cumpleaños en que apareció un extraño curandero venido desde las tierras de Bizancio. Este se paró ante la cuna del niño y solo con el sonido de su llanto dio su diagnóstico:
-Este niño ha nacido bajo la maldición de tener solo medio corazón- replicó en tono grave. –Si no aparece ningún remedio que lo impida, y lo más probable es que no exista ninguno, morirá antes de cumplir los dos años- sentenció.
Un intenso silencio se apoderó de los siervos y nobles que había en los aposentos reales, hasta que este quedó roto por el alarido desconsolado de la madre recordando la profecía...

Pasaban así los meses y el rey buscaba desesperadamente una cura, un milagro, algo que no llegaba. Hizo traer los mejores cirujanos musulmanes desde oriente, médicos de Bizancio, curanderos y hechiceros africanos, e incluso sacerdotes de todos los credos, minando cada vez más a su pobre reino, pero nada consiguió a cambio.
Tal fue la desesperanza, que al cumplir el príncipe su año y medio de vida en septiembre, el rey acabó por desistir de su búsqueda y gastar las últimas reservas de oro en organizar los reales funerales y contratar a los mejores escultores para que labraran el sepulcro del pequeño, mientras la pobre reina, sin despegarse de su cuna, tejía a mano una blanca sábana a modo de mortaja mojada con la sangre de sus dedos y las lágrimas de sus ojos….

 

Continuará…

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