jueves, 8 de noviembre de 2012

El Príncipe de la Dulce Pena (II)



El calendario siguió su curso y pronto el mundo daría otra vuelta más cumpliéndose los dos años del nacimiento del pequeño príncipe y su fatal destino.
Pasó septiembre, llegó octubre, pero al llegar noviembre, a falta apenas de 4 meses, algo cambió: de la noche a la mañana un 9 de noviembre el pequeño Alonso dejó de llorar.
Asustados por no oir su llanto, todos los sirvientes del castillo y sus padres llegaron corriendo junto a la cuna temiendo lo peor, pero cual fue su sorpresa al ver que el niño no solo no lloraba sino que sonreía y parecía feliz. El milagro se había obrado.
Nadie en el reino supo a ciencia cierta qué había pasado, por que esa repentina curación. Muchos charlatanes y médicos estafadores se atribuyeron la milagrosa sanación, pero solo el médico de Bizancio, el mismo que le diagnosticó la enfermedad, fue capaz a acertar el por qué, aunque no sabía cómo había sucedido:
-El corazón del pequeño Alonso late con normalidad como si fuera un corazón completo- dijo.-Es un milagro, es como si de repente su corazón se hubiese completado- añadió.
 
Fuera como fuera, los años pasaron y la salud del pequeño jamás volvió a dar ningún problema más. Alonso crecía como un niño fuerte en salud, pero por dentro seguía siendo frágil. El príncipe seguía sintiendo su vida incompleta. Tal vez se debiera a su traumática experiencia, tal vez a la sobreprotección de sus padres tras su enfermedad, o tal vez porque creció sin amigos porque todo el pueblo lo culpaba a él de las desgracias y la pobreza, el caso es que el joven Alonso fue siempre un niño solitario y apesadumbrado que bien respondía al mote despectivo de sus súbditos: el Príncipe de la Pena, “pero porque ahora da pena verlo” decían las crueles lenguas.
Pero a nuestro príncipe nada de esto le afectaba. Sabía de su trágico destino, sabía lo que reportaba ser un nacido bajo el signo de Saturno y él lo llevaba con entereza, pero algo había aun que apesadumbraba su mente y notaba en su corazón.
Al cumplir la edad de 21 años, Alonso ya supo que faltaba en su vida: un amor, alguna doncella a quien ofrecer la mitad de su corazón, con la que compartir algo más que su vida.
Sus padres, percatados de ello, aunque más pensando en la futura sucesión al trono, buscando que su hijo les diera un heredero sin importar a que precio, lo instaron a que entablara conversaciones con damas de la nobleza y princesas de reinos aliados, pero ninguna de ellas parecía ser el alma gemela de nuestro príncipe, que rehuyó a todas con una actitud muy distante.
 
Por entonces había llegado al reino un extraño y misterioso personaje, un polémico sacerdote que respondía al nombre de Reivaj, apodado el manchego por haber llegado huido desde el Reino de Alba en las tierras de Castilla de donde partió perseguido acusado de traición. Astuto y persuasivo pronto se hizo amigo de la familia real, consejero del joven príncipe Alonso, hasta tal punto de ganarse su confianza que fue nombrado por este como su heredero al trono en caso de morir sin sucesión.
 
La vida en el pueblo después de esto, volvería a su cauce normal, una rutina que cansaba a nuestro príncipe. Sin embargo todo habría de cambiar…
Era la noche de un 14 de febrero, día de San Valentín, fecha que Alonso odiaba por encontrarse solo en el mundo. No soportaba ver como todo el mundo en el pueblo compartía feliz su amor mientras él seguía siendo el Príncipe de la Pena.
-Amarga pena- pensó él, mientras se dirigía al bosque buscando huir de aquella fiesta.
Y mientras entonaba con queda voz un romance de trágico final que había oído cantar a un juglar, vislumbró algo en su camino: eran 3 hermosas doncellas entre las que destacaba una de ellas, hermoso rayo de luz en aquel sombrío bosque. Alonso sintió su corazón palpitar y tímidamente las saludó y prosiguió cantando, sentándose en una vieja losa de mármol cubierta de hojas que reposaba a los pies del camino. De repente, cuando dos de las muchachas pensaron volverse para reírse del príncipe por su forma de cantar y su actitud, la tercera de ellas se adelantó, le devolvió el saludo y se sentó a su lado poniéndose a cantar con él. Alonso avergonzado, dejó de cantar, pero la joven lo miró, le regaló una preciosa sonrisa y le dijo cariñosamente:
-Precioso romance. En mi tierra los juglares lo cantan de muy diversas maneras, pero la versión que tú cantas también es preciosa.
Alonso sonrió a la muchacha y se presentó como pudo.
-Me llamo Alonso, vivo en el cercano reino que veis más allá…
-Yo soy Dulcinea- se presentó la bella dama-, vengo con mis amigas de un reino de la vecina Málaga y estamos de paso por aquí.
De repente sin darse cuenta, los dos jóvenes se entretuvieron en una larga conversación que duró hasta el anochecer, y en la que nuestro príncipe pronto se dio cuenta de que era lo que siempre había buscado, hasta que…
-Dios, es tardísimo, tengo que partir antes de que sea medianoche-dijo ella levantándose de prisa.
-¿Ya tienes que irte?- dijo apenado Alonso- No puede ser, ¿apenas te conozco y ya tengo que dejarte ir?
-Lo siento pero yo…
-Prométeme que vendrás mañana- le interrumpió él.-En este mismo lugar, al amanecer. Por favor, dime que sí.
-Está bien- respondió ella marchándose en la oscuridad.-Pero necesitaré una señal para saber si eres tú.
-Si no me escuchas cantar el romance del juglar, no seré yo y podrás marchar-le prometió él.
 
Llegado el amanecer, los jóvenes se encontraron en el lugar que acordaron. Cerca había una casa abandonada de la que solo quedaba en pie un muro con una ventana. Dulcinea se acercó al lugar y Alonso asomándose por aquella ventana comenzó a pronunciar los versos prometidos. Era el esperado reencuentro y ambos jóvenes se dieron cuenta en aquel instante de la magia que había entre ellos.
Desde entonces quedaron en verse cada noche en aquella ventana, y día a día nuestro príncipe y Dulcinea pronto sintieron un profundo y mutuo afecto.
A las pocas semanas, Alonso ya le diría su primer “te quiero”, al mes se dieron el primer beso…
Era ya el día del 22 cumpleaños del príncipe y ese día volvió a ver a su amada, pero ese día la conversación que tuvieron fue especial: ambos ante aquella ventana se juraron hacer feliz el uno al otro por el resto de sus días, haciendo todo lo posible para ello si fuera necesario. Alonso además juró amor eterno a Dulcinea y le regaló una sencilla pulsera como muestra de su juramento:
-Una pulsera es una línea que cuando se une forma un círculo infinito. Infinito, Dulcinea, infinito como será mi amor por ti siempre.

Todo parecía marchar bien para los enamorados, hasta que cercano el fin del verano Alonso preguntó a su amada cuando era la fecha de su cumpleaños.
-Es verdad, nunca te lo he dicho. El próximo 9 de noviembre será mi 21 cumpleaños-le respondió.
Pronto Alonso cayó en la cuenta de la importancia de aquella fecha: aquel 9 de noviembre fue el día en que salvó su vida.
-Quizás por eso ella es tan especial- pensó.-Quizás por eso es lo que he llevado toda la vida esperando. Quizás ella es esa mitad de mi corazón que me faltaba al nacer y que recuperé cuando ella vino al mundo.

Alonso entonces comenzó a dar vueltas a aquella fecha, al próximo cumpleaños de  su amada que resultó ser además su ángel de la guarda. Y pensó en qué regalo haría para tan especial día: no tenía amigos, no tenía a nadie a quien recurrir y sus padres habían dilapidado toda la fortuna real en pagar su cura cuando era niño. Pensó que no habría nada de valor que pudiera ofrecer al amor de su vida, y sintió miedo de perderla, miedo de que se fuera de su lado.
Fue entonces cuando el consejero Reivaj apareció en sus aposentos ofreciendo su ayuda al joven. Su mirada altiva y maligna no presagiaban nada bueno, pero el joven, al no tener en quien confiar, se dejó llevar.
-Sé que te aflige, oh príncipe, y creo tener la solución a lo que buscas y quieres ofrecer a tu dama. Pero no hablemos aquí, acompáñeme fuera y le confiaré como regalarle lo que más ansía en el mundo….

 

Continuará…

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