…
El calendario siguió su
curso y pronto el mundo daría otra vuelta más cumpliéndose los dos años del
nacimiento del pequeño príncipe y su fatal destino.
Pasó septiembre, llegó
octubre, pero al llegar noviembre, a falta apenas de 4 meses, algo cambió: de
la noche a la mañana un 9 de noviembre el pequeño Alonso dejó de llorar.
Asustados por no oir su
llanto, todos los sirvientes del castillo y sus padres llegaron corriendo junto
a la cuna temiendo lo peor, pero cual fue su sorpresa al ver que el niño no solo
no lloraba sino que sonreía y parecía feliz. El milagro se había obrado.
Nadie en el reino supo a
ciencia cierta qué había pasado, por que esa repentina curación. Muchos
charlatanes y médicos estafadores se atribuyeron la milagrosa sanación, pero
solo el médico de Bizancio, el mismo que le diagnosticó la enfermedad, fue
capaz a acertar el por qué, aunque no sabía cómo había sucedido:
-El corazón del pequeño Alonso late con normalidad como si fuera un
corazón completo- dijo.-Es un
milagro, es como si de repente su corazón se hubiese completado- añadió.
Fuera como fuera, los
años pasaron y la salud del pequeño jamás volvió a dar ningún problema más.
Alonso crecía como un niño fuerte en salud, pero por dentro seguía siendo
frágil. El príncipe seguía sintiendo su vida incompleta. Tal vez se debiera a
su traumática experiencia, tal vez a la sobreprotección de sus padres tras su
enfermedad, o tal vez porque creció sin amigos porque todo el pueblo lo culpaba
a él de las desgracias y la pobreza, el caso es que el joven Alonso fue siempre
un niño solitario y apesadumbrado que bien respondía al mote despectivo de sus súbditos:
el Príncipe de la Pena, “pero porque
ahora da pena verlo” decían las crueles lenguas.
Pero a nuestro príncipe
nada de esto le afectaba. Sabía de su trágico destino, sabía lo que reportaba
ser un nacido bajo el signo de Saturno y él lo llevaba con entereza, pero algo
había aun que apesadumbraba su mente y notaba en su corazón.
Al cumplir la edad de 21
años, Alonso ya supo que faltaba en su vida: un amor, alguna doncella a quien
ofrecer la mitad de su corazón, con la que compartir algo más que su vida.
Sus padres, percatados
de ello, aunque más pensando en la futura sucesión al trono, buscando que su
hijo les diera un heredero sin importar a que precio, lo instaron a que
entablara conversaciones con damas de la nobleza y princesas de reinos aliados,
pero ninguna de ellas parecía ser el alma gemela de nuestro príncipe, que
rehuyó a todas con una actitud muy distante.
Por entonces había
llegado al reino un extraño y misterioso personaje, un polémico sacerdote que
respondía al nombre de Reivaj, apodado el manchego por haber llegado huido
desde el Reino de Alba en las tierras de Castilla de donde partió perseguido
acusado de traición. Astuto y persuasivo pronto se hizo amigo de la familia
real, consejero del joven príncipe Alonso, hasta tal punto de ganarse su
confianza que fue nombrado por este como su heredero al trono en caso de morir
sin sucesión.
La vida en el pueblo
después de esto, volvería a su cauce normal, una rutina que cansaba a nuestro
príncipe. Sin embargo todo habría de cambiar…
Era la noche de un 14 de
febrero, día de San Valentín, fecha que Alonso odiaba por encontrarse solo en
el mundo. No soportaba ver como todo el mundo en el pueblo compartía feliz su
amor mientras él seguía siendo el Príncipe de la Pena.
-Amarga pena- pensó él, mientras se dirigía al bosque buscando huir
de aquella fiesta.
Y mientras entonaba con
queda voz un romance de trágico final que había oído cantar a un juglar,
vislumbró algo en su camino: eran 3 hermosas doncellas entre las que destacaba
una de ellas, hermoso rayo de luz en aquel sombrío bosque. Alonso sintió su
corazón palpitar y tímidamente las saludó y prosiguió cantando, sentándose en
una vieja losa de mármol cubierta de hojas que reposaba a los pies del camino.
De repente, cuando dos de las muchachas pensaron volverse para reírse del
príncipe por su forma de cantar y su actitud, la tercera de ellas se adelantó,
le devolvió el saludo y se sentó a su lado poniéndose a cantar con él. Alonso
avergonzado, dejó de cantar, pero la joven lo miró, le regaló una preciosa
sonrisa y le dijo cariñosamente:
-Precioso romance. En mi tierra los juglares lo cantan de muy diversas
maneras, pero la versión que tú cantas también es preciosa.
Alonso sonrió a la
muchacha y se presentó como pudo.
-Me llamo Alonso, vivo en el cercano reino que veis más allá…
-Yo soy Dulcinea- se presentó la bella dama-, vengo con mis amigas de un reino de la
vecina Málaga y estamos de paso por aquí.
De repente sin darse
cuenta, los dos jóvenes se entretuvieron en una larga conversación que duró
hasta el anochecer, y en la que nuestro príncipe pronto se dio cuenta de que
era lo que siempre había buscado, hasta que…
-Dios, es tardísimo, tengo que partir antes de que sea medianoche-dijo
ella levantándose de prisa.
-¿Ya tienes que irte?- dijo apenado Alonso- No puede ser, ¿apenas te conozco y ya tengo que dejarte ir?
-Lo siento pero yo…
-Prométeme que vendrás mañana- le interrumpió él.-En este mismo lugar, al amanecer. Por favor,
dime que sí.
-Está bien- respondió ella marchándose en la oscuridad.-Pero necesitaré una señal para saber si eres
tú.
-Si no me escuchas cantar el romance del juglar, no seré yo y
podrás marchar-le prometió él.
Llegado el amanecer, los
jóvenes se encontraron en el lugar que acordaron. Cerca había una casa
abandonada de la que solo quedaba en pie un muro con una ventana. Dulcinea se
acercó al lugar y Alonso asomándose por aquella ventana comenzó a pronunciar
los versos prometidos. Era el esperado reencuentro y ambos jóvenes se dieron
cuenta en aquel instante de la magia que había entre ellos.
Desde entonces quedaron
en verse cada noche en aquella ventana, y día a día nuestro príncipe y Dulcinea
pronto sintieron un profundo y mutuo afecto.
A las pocas semanas,
Alonso ya le diría su primer “te quiero”, al mes se dieron el primer beso…
Era ya el día del 22
cumpleaños del príncipe y ese día volvió a ver a su amada, pero ese día la conversación
que tuvieron fue especial: ambos ante aquella ventana se juraron hacer feliz el
uno al otro por el resto de sus días, haciendo todo lo posible para ello si
fuera necesario. Alonso además juró amor eterno a Dulcinea y le regaló una
sencilla pulsera como muestra de su juramento:
-Una pulsera es una línea que cuando se une forma un círculo infinito.
Infinito, Dulcinea, infinito como será mi amor por ti siempre.
Todo parecía marchar
bien para los enamorados, hasta que cercano el fin del verano Alonso preguntó a
su amada cuando era la fecha de su cumpleaños.
-Es verdad, nunca te lo he dicho. El próximo 9 de noviembre
será mi 21 cumpleaños-le respondió.
Pronto Alonso cayó en la
cuenta de la importancia de aquella fecha: aquel 9 de noviembre fue el día en
que salvó su vida.
-Quizás por eso ella es tan especial- pensó.-Quizás por eso es lo que he llevado toda la vida esperando. Quizás ella
es esa mitad de mi corazón que me faltaba al nacer y que recuperé cuando ella
vino al mundo.
Alonso entonces comenzó
a dar vueltas a aquella fecha, al próximo cumpleaños de su amada que resultó ser además su ángel de
la guarda. Y pensó en qué regalo haría para tan especial día: no tenía amigos,
no tenía a nadie a quien recurrir y sus padres habían dilapidado toda la
fortuna real en pagar su cura cuando era niño. Pensó que no habría nada de
valor que pudiera ofrecer al amor de su vida, y sintió miedo de perderla, miedo
de que se fuera de su lado.
Fue entonces cuando el
consejero Reivaj apareció en sus aposentos ofreciendo su ayuda al joven. Su
mirada altiva y maligna no presagiaban nada bueno, pero el joven, al no tener
en quien confiar, se dejó llevar.
-Sé que te aflige, oh príncipe, y creo tener la solución a lo que buscas
y quieres ofrecer a tu dama. Pero no hablemos aquí, acompáñeme fuera y le
confiaré como regalarle lo que más ansía en el mundo….
Continuará…

No hay comentarios:
Publicar un comentario