jueves, 14 de febrero de 2013

Cartas desde mi Infierno: Los Ángeles Caídos


     Siempre he dicho y mantenido que no soy una persona que celebraba los 14 de febrero. El amor, cuando es verdadero, se demuestra cada día, a cada hora, a cada segundo. No solo físicamente, no hace falta. Pero cuando te pasas 25 de las 24 horas del día pensando en tu amada, cuando la sueñas hasta despierta, cuando sabes que darías la última gota de tu vida por ella, también se lo estás demostrando. Los 14 de febrero simplemente son para novios despistados y de los que son como las primaveras, que duran hasta que comienzan a caer las hojas camino al desamor, por eso yo renegaba de celebrar este día.
     Pero el destino es juguetón y hace ya dos años que no hay día que más añore como el de hoy. Aun recuerdo aquella noche de hace dos años. Que rápido se pasa el tiempo cuando amas, que lento cuando se sufre. Que eterno el amor que cuando la vida comience a abrumar mi espalda seguiré recordando aquel día. Llegaré a mi vejez y todavía sentiré aquella conexión que sentí desde que me respondiste. Seré polvo y todavía mi memoria guardará tu nombre.

     Pero que pena Dulcinea, que los celos, las envidias y la inquina más mala también compartan este mundo. Que pena sufrir las iras de un Dios irascible y caprichoso que con sus celos no quiso permitir que quisiera a nadie más que a Él. Maldita sea la hora en la que decidió manejar los hilos del destino para separarme de tí. Malditos aquellos fantasmas que nos enviaron, maldito aquel día de abril en el que más lloré.
     Y aun así ese maldito no ha podido conmigo. Por más que me mande dolor yo te sigo amando, por más que me ponga a prueba jamás podrá hacer que te olvide. Por eso, porque Dios es un soberbio celoso y porque no soporta que le planten cara me expulsó de tu paraíso y al final como no pudo conmigo decidió llevarte a ti de mi lado. Y ahora como ángel caído solo puedo escribirte mis cartas desde el Infierno, aunque no sé si el correo de aquí abajo lo repartirán allí.

     Todavía leo lo que escribiste cuando decoraste nuestra ventana: "si dos corazones se van al Infierno que sean el tuyo y el mío". Pero parece ser que como Orfeo tú decidiste mirar atrás y cuando vinieron los demonios el miedo te venció y soltaste mi mano.
     No te culpo de ello, es difícil enfrentarse al miedo, es difícil mirar al abismo. Me hubiera gustado tanto que no lo hicieras, agarrar tu mano, pedirte más confianza, decirte que ya que tanto me han dicho que soy un demonio hasta convertirme en príncipe del mal que no temas a Dios porque conmigo no puede, que mi amor por ti me hace más fuerte que su envidia.

     No sé si ya es tarde, cuando se pisa el cielo es difícil querer regresar al Infierno. Solo sé que el solo hecho de abrir esta ventana y no verte al otro lado, el solo hecho de escribir sin saber si ya me leerás como antes, el sentirme solo en este Infierno, ya es suficiente castigo. Pero a Dios no le basta con eso y encima mis fantasmas me siguen persiguiendo, aquellos que nos separaron: no sabes lo insoportable que se hace escuchar de los mismos que nos separaron, que nos impidieron vernos, que nos robaron aquellos besos, decirte ahora que saben que ya no estás junto a mí que "ya lo sabían", que "jugaste conmigo", que "si de verdad me quisieras tú también hubieras venido a verme".
     Se me hace tan insoportable que a veces he pensado en cometer alguna locura, que nada merece la pena, pero me frena el miedo y cuando sientes la fría mirada de esa dama clavada en tu nuca las fuerzas te fallan.
    Siempre el miedo, el mismo que en su día me impidió enfrentarme cara a cara con mis fantasmas, el que me provó de plantar cara, abandonarlo todo e ir a buscarte. El miedo que también a ti te separó de mí, porque siempre pensé que era el miedo a la distancia lo que te separaba de mí, pero hoy día sé que no es eso y presiento que tal vez sea el mismo miedo que me confesabas, a que fuera alguien que te engañara, a que te hiciera daño, a que todo saliera mal.
     Miedo a arriesgar...

     Hoy, querida Dulcinea, solo puedo decirte lo que sabes: que te quiero, que te amo más que a nada que haya podido amar en esta vida y en otras si las hubiera. Y que una vez que se han cumplido todos mis temores, que siempre será mi deseo hacerte feliz, aunque para ello tenga que caer la ira del Altísimo sobre mí.
Así que, no escuches lo que te cuentan.
Los que dicen que la clave de tu hermosura

es fruto de mi locura;
que lo dicen con su cordura
los que maldades inventan.
Qué pena que en su ceguera
no vean que eres guerrera:
mujer como la primera,
la mujer que en la lucha me alienta.

    Por cierto, hoy te diré lo que siempre he pensado y que todavía no me atrevía a confesarte. Espero que con esta letra lo entiendas:
http://www.youtube.com/watch?v=1eKuxUYJoNQ

PD: Aunque no sé si leerás esto y aunque ahora sean cartas desde mi Infierno, no quiero que te preocupes pues no pienso tocar ni una sola coma de nuestra ventana porque el recuerdo de cómo la decoraste tal vez sea lo único que me recuerda a nuestro cielo.

Feliz 14 de febrero.



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