miércoles, 7 de agosto de 2013

Cartas desde mi Infierno: Claro de Luna


     De siempre, desde que tengo memoria musical, me ha gustado Beethoven…
     A veces lo considero un alma gemela nacida 200 años antes que yo: bohemio, melancólico, tempertamental, romántico, incapaces de expresar más allá que con solo la música, pues como él decía “Hay momentos en que me parece que el lenguaje no sirve todavía absolutamente para nada”.  Heridos en el alma y solitarios, aliados de nadie y amigos de la soledad, enamorados de amores imposibles. Vidas paralelas de sufrimiento y dolor de las que solo se puede salir por una lúgubre puerta, pero obstinados en vivir esta larga condena con la música como ayudante y más fiel compañera: “¡Doctor, cierre las puertas a la Muerte! La música volverá a ayudarme en ésta hora de necesidad” que dijera en otra ocasión. Y la música como siempre ahí estuvo cortando las sogas que nos ahorcaban y suturando las sangrantes heridas de vivir en un mundo que siempre nos ha tratado con desdén.
     Vidas paralelas si no fuera porque nos separa una gran diferencia: Beethoven fue un genio y yo, yo solo soy un loco que un día pensó que podía juntar 4 notas en un pentagrama, un loco que un día pensó que alguna vez la vida le podría sonreír y encontrar el amor y la felicidad cuando, que irónico, a los locos solo les espera un amor de por vida y se llama soledad y solo la tristeza es la canción que les acompaña para siempre.

     De las muchas músicas de Beethoven hay una en especial que despierta mis sentidos, con la que siento una especial conexión, y es esta sonata. Su sonido lúgubre, melancólico, encierra un alma dolida. Se cuenta que la compuso pensando en un amor prohibido, imposible, y eso es exactamente lo que me transmite, lo que me cuenta con sus notas. Existe otra leyenda que dice que dolido por ese amor un Beethoven deprimido y sin fuerzas para vivir cambió impresiones con una chica ciega que ansiaba ver la luna y de ahí nació esta bella melodía.
     Nadie sabe cuál de las dos leyendas fuese verdad, pero a mí me gusta pensar que ambas son la misma y que tan hermosa sonata traducida en lágrimas de piano fuesen las lágrimas derramadas por el compositor por no encontrar la luz del amor...
     Las mismas lágrimas de aquella niña ciega que no podía ver la luz de la luna...

     Las lágrimas que siglos después en las noches de mi habitación cuando la escucho yo derramo sabiendo que mi sol y mi luna, mi día y mi noche, ya no volverán a hacer brillar mi ventana, cuando pienso que nunca más volveré a ver la luz de otros amaneceres que soñé tener de tu mano.

     Han pasado 212 años y la historia se repite: amores imposibles de unos locos amantes de la música. Sueños rotos que de alguna forma intentamos transformar en belleza.
     La única diferencia es que Beethoven si era un genio.
     Y yo un pobre desdichado sin más camino en la vida que seguir sin un rumbo fijo y que no puede dejar de seguir amándote.


Alonso

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