Creíamos que volando seríamos libres, sin ataduras ni obstáculos en el cielo, pero no contábamos con el viento y ayer el viento decidió soplar fuerte y casi arrancó nuestras alas. Con lo que no contó fue con que nuestras alas estaban ancladas a nuestra alma con un pegamento mucho más fuerte: esperanza y sentimientos.
Luego ese viento se hizo huracán pero no pudo, no podía y estoy seguro que ni podrá, porque aunque una de nuestras alas se canse tendremos las del otro para seguir volando. Aun así llegamos a sentir miedo, pero, ¿quién no lo ha llegado a sentir alguna vez?
Así continuaba nuestra tormenta pero por más que lo siguió intentando el viento no se llevó lo que quiso. Al contrario: el viento se llevó nuestros miedos, se llevó lo poco que quedaba del velo que aun ocultaba parte de nosotros, se llevó los molinos, los gigantes, y sobre todo se llevó la parte de razón que nublaba nuestro cielo,…
Porque ahora las razones son otras y ya el viento se cansó y se dejó atrás mucho más, más importante que lo anterior: se dejó esa esperanza, se dejó esos sentimientos y sobre todo dejó una calma que hoy nos abraza y nos acoge en nuestra desnudez y nos protege en nuestra fragilidad.
El viento ni siquiera pudo separar nuestras manos que hoy se quieren tocar viendo amanecer, y ya rendido se ha convertido en esa suave brisa de calma que hoy peina tus cabellos… Y siempre con el corazón de capitán y nosotros de pasajeros.
Lo que no sabemos es dónde nos conducirá. ¿Qué quiere llevarnos al cielo? Allí estaré contigo. ¿Qué nos lleva al infierno? También. Pero siempre unidos, porque como diría un poeta de la calle de estos meses locos de febrero: “si contigo me condenan al infierno y sin ti me nombran santo en los Jardines del Edén, por ti mordería la manzana una y otra vez, y al Edén… pues que le den…”
Porque mi corazón me dice que es mejor equivocarme contigo y junto a ti siendo feliz, que arrepentirme y pasar la eternidad preguntándome lo que pudo haber sido y llorando lo que no fue.
Alonso
22 de febrero de 2011

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