viernes, 9 de noviembre de 2012

El Príncipe de la Dulce Pena (III)

El príncipe Alonso y su malvado consejero salieron al jardín trasero del castillo y el sacerdote comenzó a hablarle:
-Verás majestad, sé que hace tiempo, al poco de comenzar a hablar con aquella doncella, ambos os prometisteis haceros felices mutuamente, ¿no es eso? Bien, ¿vos sois feliz?- preguntó.
-Dulcinea me hace ser el hombre más feliz de toda la cristiandad mi querido amigo- respondió Alonso.
-Pero, majestad, ¿y ella? ¿es feliz?
Alonso enmudeció de repente. No se había dado cuenta pero en todo este tiempo junto a Dulcinea jamás la había oído decir que era feliz, e incluso alguna que otra vez la había escuchado llorar.
-No estoy cumpliendo con la promesa que le hice- murmuró para sí mismo. –Todo este tiempo he sido un egoísta…
-Nos os preocupéis príncipe, todo tiene solución-sonrió pérfidamente el sacerdote. –¿De verdad queréis que ella sea feliz para siempre?- preguntó.
-Daría hasta mi vida solo por verla feliz.- respondió Alonso.
-Bien, pues aquí está la solución a vuestro mal-dijo el consejero sacando una extraña poción. –Una gota de este elixir de felicidad curará el aura maldita que le impide sonreír y ella será feliz para siempre.

Alonso se llevó aquella misteriosa botella e hizo lo que se le recomendó. Sin saberlo había caído en un astuto plan del sacerdote para hacerse con el gobierno del reino, y aquello solo era el comienzo…
-Majestad, mi rey, vuestro hijo Alonso está cortejando a una doncella extranjera y que por lo visto no es princesa. Creo que no será bueno para la sucesión que siga permitiendo esto…
Con esas palabras Reivaj delató ante el rey el amor del príncipe. Indignado por ello el rey montó en cólera y prohibió a Alonso ver a su amada y a ella la devolvió a su reino de origen y le prohibió la entrada al reino de por vida. Aquel decreto se firmó el 9 de noviembre. Alonso sin saberlo había hecho el peor regalo a su amada y había puesto en bandeja el plan de Reivaj.

Las siguientes semanas fueron un tormento para el príncipe. Cada amanecer volvía a aquella antigua ventana abandonada esperando ver a su amada, pero por más que iba no la lograba ver. Pasaron un par de semanas y el príncipe, cansado, se refugió en sus aposentos de los que no salía, lo único que hacía era cada noche asomarse a sus ventanales y mirando las estrellas echar de menos sus besos y recordar los momentos que había pasado junto a ella.
Pronto aquello agravó en una depresión que sumió al joven príncipe, con apenas 22 años, a quedarse postrado en su cama: no comía, no dormía porque las lágrimas se lo impedían…
El rey, arrepentido, mandó una partida de soldados a buscar a la muchacha: si su hijo seguía así, pronto enfermaría y moriría, y la culpa sería solo suya.
El día de la Natividad de Nuestro Señor, los soldados regresaron con noticias:
-Hemos encontrado a la doncella, mi señor- anunció el capitán del pelotón.
-Bien…-iba a responder el rey cuando fue interrumpido.
-Pero… me temo que ella no quiere volver, majestad. Dice no recordar nada de ningún Alonso ni haber estado en este reino. Es más dice estar comprometida con otro hombre desde hace semanas y que se va a desposar el próximo 14 de febrero- continuó. –Lo sentimos, señor.
Aquello no podía ser, no podía pensar el rey que aquella muchacha guardara tal rencor, así que fue a anunciarlo a Alonso, el cual recibió la noticia con profundo pesar, no podía imaginar a su Dulcinea en brazos de otro amor y mucho menos cuando apenas había pasado más de un mes desde que se dejaron de ver, mas de pronto recordó la poción:
-Era… era una poción… poción para olvidar…-dijo antes de caer desmayado del shock.
Aquel día de Navidad, el príncipe no volvió a abrir los ojos. Los médicos diagnosticaron que solo estaba en profundo coma y que su corazón seguía latiendo, mas latía a tal velocidad que si no se remediaba pronto, su corazón se agotaría y acabaría muriendo en menos de 2 meses. Fue, dijeron, su antigua enfermedad que había vuelto a aparecer.
Mas el rey supo que esa no era la causa y jamás pensaría que su consejero, su fiel consejero y amigo de su hijo, era el causante de todo.

Las semanas avanzaron en el reino al compás fúnebre de la muerte. Un nuevo año entró y las cosechas invernales habían vuelto a dar excedentes. Sin embargo todo era oscuridad. Cada día, cada segundo que avanzaba, el pueblo preparaba el inminente luto.

Cuentan que fue el 14 de febrero justo al mediodía cuando Dulcinea daba el sí quiero muy lejos de allí, Alonso expiró en su cama. En soledad, como siempre había vivido, así fue su muerte. Mas sin embargo, cuenta quienes entraron y vieron su cuerpo yacente, que algo maravilloso sucedía: portando una hermosa rosa negra junto a su pecho, el príncipe tenía lágrimas en sus ojos pero su cara reflejaba un intenso estado de paz y dulzura.
Los médicos del reino dedujeron que había muerto agotado su corazón, pero en el reino pronto se corrió otro rumor: el príncipe había muerto de tristeza por amor. El mismo pueblo que tanto lo odiaba y lo insultó aquel día comprendió lo sucedido y llorando su muerte, aquel día nació su leyenda: era el Príncipe de la Pena, sí. Pero de la Dulce Pena…

En el amanecer del 15 de febrero, justo cuando se cumplía un año de haber encontrado su amor, se celebró el real funerales. Alonso fue sepultado en la tumba que 20 años antes habían preparado para su bebé, aquel bebé al que un ángel salvó de morir un 9 de noviembre. La tumba, construida cerca de una vieja casa abandonada de la que solo quedaba una ventana, era de blanco y precioso mármol y llevaba precisamente una hermosa escultura de un ángel llorando. Sobre una cartela se podía leer Alonso, nacido un 11 de marzo obtuvo la muerte un 14 de febrero antes de cumplir los 23 años. Pero misteriosamente alguien había tallado: El Príncipe de la Dulce Pena.

Aquel día el reino quedó sin descendencia. Un mes después, cuando hubiera sido el 23 cumpleaños del príncipe, el rey anunció una fiesta en memoria de su hijo y para anunciar el reparto de las riquezas generadas por las recientes buenas cosechas entre su pueblo, mas Reivaj, terminando con su plan, difundió entre las gentes que la muerte del joven príncipe fue provocada por sus padres y que aquel día iba a anunciar más impuestos. El pueblo, cansado de desgracias en el reino, se amotinó contra sus reyes y nombraron a Reivaj su nuevo rey.
Fue el principio del fin. En menos de un año, el reino entró en numerosas guerras, y sus gentes fueron masacradas o tuvieron que huir, pasando el reino a la historia.

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