…
El príncipe Alonso y su
malvado consejero salieron al jardín trasero del castillo y el sacerdote
comenzó a hablarle:
-Verás majestad, sé que hace tiempo, al poco de comenzar a hablar con
aquella doncella, ambos os prometisteis haceros felices mutuamente, ¿no es eso?
Bien, ¿vos sois feliz?- preguntó.
-Dulcinea me hace ser el hombre más feliz de toda la cristiandad mi
querido amigo- respondió Alonso.
-Pero, majestad, ¿y ella? ¿es feliz?
Alonso enmudeció de
repente. No se había dado cuenta pero en todo este tiempo junto a Dulcinea
jamás la había oído decir que era feliz, e incluso alguna que otra vez la había
escuchado llorar.
-No estoy cumpliendo con la promesa que le hice- murmuró para sí mismo. –Todo este tiempo he sido un egoísta…
-Nos os preocupéis príncipe, todo tiene solución-sonrió pérfidamente el
sacerdote. –¿De verdad queréis que ella
sea feliz para siempre?- preguntó.
-Daría hasta mi vida solo por verla feliz.- respondió Alonso.
-Bien, pues aquí está la solución a vuestro mal-dijo el consejero
sacando una extraña poción. –Una gota de
este elixir de felicidad curará el aura maldita que le impide sonreír y ella
será feliz para siempre.
Alonso se llevó aquella
misteriosa botella e hizo lo que se le recomendó. Sin saberlo había caído en un
astuto plan del sacerdote para hacerse con el gobierno del reino, y aquello
solo era el comienzo…
-Majestad, mi rey, vuestro hijo Alonso está cortejando a una doncella
extranjera y que por lo visto no es princesa. Creo que no será bueno para la
sucesión que siga permitiendo esto…
Con esas palabras Reivaj
delató ante el rey el amor del príncipe. Indignado por ello el rey montó en
cólera y prohibió a Alonso ver a su amada y a ella la devolvió a su reino de
origen y le prohibió la entrada al reino de por vida. Aquel decreto se firmó el
9 de noviembre. Alonso sin saberlo había hecho el peor regalo a su amada y
había puesto en bandeja el plan de Reivaj.
Las siguientes semanas
fueron un tormento para el príncipe. Cada amanecer volvía a aquella antigua
ventana abandonada esperando ver a su amada, pero por más que iba no la lograba
ver. Pasaron un par de semanas y el príncipe, cansado, se refugió en sus
aposentos de los que no salía, lo único que hacía era cada noche asomarse a sus
ventanales y mirando las estrellas echar de menos sus besos y recordar los
momentos que había pasado junto a ella.
Pronto aquello agravó en
una depresión que sumió al joven príncipe, con apenas 22 años, a quedarse
postrado en su cama: no comía, no dormía porque las lágrimas se lo impedían…
El rey, arrepentido,
mandó una partida de soldados a buscar a la muchacha: si su hijo seguía así,
pronto enfermaría y moriría, y la culpa sería solo suya.
El día de la Natividad
de Nuestro Señor, los soldados regresaron con noticias:
-Hemos encontrado a la doncella, mi señor- anunció el capitán del
pelotón.
-Bien…-iba a responder el rey cuando fue interrumpido.
-Pero… me temo que ella no quiere volver, majestad. Dice no recordar nada
de ningún Alonso ni haber estado en este reino. Es más dice estar comprometida
con otro hombre desde hace semanas y que se va a desposar el próximo 14 de
febrero- continuó. –Lo sentimos,
señor.
Aquello no podía ser, no
podía pensar el rey que aquella muchacha guardara tal rencor, así que fue a
anunciarlo a Alonso, el cual recibió la noticia con profundo pesar, no podía
imaginar a su Dulcinea en brazos de otro amor y mucho menos cuando apenas había
pasado más de un mes desde que se dejaron de ver, mas de pronto recordó la
poción:
-Era… era una poción… poción para olvidar…-dijo antes de caer
desmayado del shock.
Aquel día de Navidad, el
príncipe no volvió a abrir los ojos. Los médicos diagnosticaron que solo estaba
en profundo coma y que su corazón seguía latiendo, mas latía a tal velocidad
que si no se remediaba pronto, su corazón se agotaría y acabaría muriendo en
menos de 2 meses. Fue, dijeron, su antigua enfermedad que había vuelto a
aparecer.
Mas el rey supo que esa
no era la causa y jamás pensaría que su consejero, su fiel consejero y amigo de
su hijo, era el causante de todo.
Las semanas avanzaron en
el reino al compás fúnebre de la muerte. Un nuevo año entró y las cosechas
invernales habían vuelto a dar excedentes. Sin embargo todo era oscuridad. Cada
día, cada segundo que avanzaba, el pueblo preparaba el inminente luto.
Cuentan que fue el 14 de
febrero justo al mediodía cuando Dulcinea daba el sí quiero muy lejos de allí,
Alonso expiró en su cama. En soledad, como siempre había vivido, así fue su
muerte. Mas sin embargo, cuenta quienes entraron y vieron su cuerpo yacente,
que algo maravilloso sucedía: portando una hermosa rosa negra junto a su pecho,
el príncipe tenía lágrimas en sus ojos pero su cara reflejaba un intenso estado
de paz y dulzura.
Los médicos del reino
dedujeron que había muerto agotado su corazón, pero en el reino pronto se
corrió otro rumor: el príncipe había muerto de tristeza por amor. El mismo
pueblo que tanto lo odiaba y lo insultó aquel día comprendió lo sucedido y
llorando su muerte, aquel día nació su leyenda: era el Príncipe de la Pena, sí.
Pero de la Dulce Pena…
En el amanecer del 15 de
febrero, justo cuando se cumplía un año de haber encontrado su amor, se celebró
el real funerales. Alonso fue sepultado en la tumba que 20 años antes habían
preparado para su bebé, aquel bebé al que un ángel salvó de morir un 9 de
noviembre. La tumba, construida cerca de una vieja casa abandonada de la que
solo quedaba una ventana, era de blanco y precioso mármol y llevaba
precisamente una hermosa escultura de un ángel llorando. Sobre una cartela se
podía leer Alonso, nacido un 11 de marzo
obtuvo la muerte un 14 de febrero antes de cumplir los 23 años. Pero
misteriosamente alguien había tallado: El
Príncipe de la Dulce Pena.
Aquel día el reino quedó
sin descendencia. Un mes después, cuando hubiera sido el 23 cumpleaños del
príncipe, el rey anunció una fiesta en memoria de su hijo y para anunciar el
reparto de las riquezas generadas por las recientes buenas cosechas entre su pueblo,
mas Reivaj, terminando con su plan, difundió entre las gentes que la muerte del
joven príncipe fue provocada por sus padres y que aquel día iba a anunciar más
impuestos. El pueblo, cansado de desgracias en el reino, se amotinó contra sus
reyes y nombraron a Reivaj su nuevo rey.
Fue el principio del
fin. En menos de un año, el reino entró en numerosas guerras, y sus gentes
fueron masacradas o tuvieron que huir, pasando el reino a la historia.

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